domingo, 6 de marzo de 2011

RECORTE EN EL LÍMITE DE VELOCIDAD

Ir de Galicia a Madrid a 110 km/h ahorra dos euros y alarga una hora el viaje
Un reportero de La Voz recorre la A-6 en ambos sentidos con la limitación de velocidad actual y la propuesta por el Gobierno

Autor:
JORGE CASANOVA
Localidad:
REDACCIÓN / LA VOZ
Fecha de publicación:
2/3/2011. Insufrible. Es el adjetivo que mejor califica un viaje de 560 kilómetros por una autovía sin rebasar los 110 kilómetros por hora. Para comprobar si, como dice Fernando Alonso, es fácil quedarse dormido al volante o, como dice el Gobierno, se produce un ahorro notable, nos embarcamos en el ejercicio. Salida desde O Temple, en el extrarradio de A Coruña, y llegada a Las Rozas, en la antesala de Madrid: 569 kilómetros sin salir de la autovía. El resultado son cinco horas y cuarenta y cinco minutos de carretera en la que, invariablemente, somos los adelantados. El gasto ha sido de 35,84 litros de gasoil; unos 45,7 euros. La media, 98 kilómetros por hora.
Hacemos el viaje de vuelta al límite de la multa: 135 velocidad máxima. El viaje es notablemente más corto, cuatro horas y treinta y seis minutos. ¿Y el gasto? Sorprendentemente, llenar de nuevo el depósito me cuesta lo mismo en O Temple que en Las Rozas. Volver a una media de 120 kilómetros por hora solo ha incrementado el consumo en litro y medio de combustible. En total, 1,88 euros.

Hay que adaptarse
Más allá del ahorro, conducir por una vía de alta capacidad sin superar los 110 kilómetros por hora como máximo requiere una adaptación para quien no esté acostumbrado. Lo compruebo inmediatamente en el viaje de ida. Metido en el tráfico de la AP-9 camino de la A-6, me abstengo de hacer adelantamientos porque, por el carril de la izquierda, los 110 son una velocidad insegura. Solo me atrevo con los camiones y, para eso, cuando tengo el retrovisor limpio. Es en ese tramo cuando adelanto a un turismo que debe circular a 90. Entonces no lo sé todavía, pero no volveré a adelantar a otro turismo hasta más allá de Tordesillas.
No tengo limitador, así que estoy obligado a mirar constantemente al velocímetro para no pasarme del límite. No es fácil. A poco que me desvíe ya veo la aguja fuera de sitio. Me cuesta cogerle el punto a la velocidad de crucero y me doy cuenta de que mi ritmo no se corresponde con la del resto del tráfico, camiones excluidos.
En condiciones normales, a 110 kilómetros por hora, mi coche, un turismo de 110 caballos y 2.100 centímetros cúbicos, marca 2.200 revoluciones por minuto. Cuando afronto descensos pronunciados, como el de Pedrafita do Cebreiro, el coche baja por gravedad. Hay que frenar. Así que, francamente, resulta difícil dormirse.
Claro que todo cambia después de Astorga. Las rectas infinitas bajo el sol de la tarde facilitan la modorra y mi velocidad máxima se muestra anacrónica, preconstitucional. Aburrido, viendo como pasan larguísimos minutos hasta que alcanzo los camiones que se perfilan en la distancia, maldigo a Gadafi, del que no recuerdo que haya hecho nada bueno.
Me adelantan vehículos comerciales y turismos pequeños conducidos por abuelos con gorra. Y, por supuesto, los de alta gama. Alguno hace que me plantee, como en el chiste, si no me habré quedado parado. Pero ya sé que no. Para eso voy mirando cada dos por tres el velocímetro.
Pienso en el lado bueno. Supongo, erróneamente, que me estoy ahorrando unos buenos euros y compruebo cómo la aparición de los vehículos de la Guardia Civil y los destellos que a veces chocan contra el parabrisas no me producen ni frío ni calor. Estoy en la más absoluta legalidad vial. El viaje será largo, pero al menos está libre del estrés que siempre genera la velocidad clandestina.
Cuando llego a mi destino, estoy cansado de tantas horas al volante, aunque haya hecho las paradas reglamentarias. Cinco horas y 45 minutos parece un tiempo demasiado largo.

El desquite
En el viaje de vuelta me tomo el desquite, aunque al principio no puedo. La salida hacia el Guadarrama está llena, primero de vehículos y luego de obras, pero, en cuanto puedo, devuelvo a mi coche la libertad y subo las revoluciones por encima de las 2.500. Los cálculos del navegador ya confirman que el ahorro en tiempo va a ser notable. En plena A-6 se revela en toda su extensión aquello de «Ancha es Castilla», y me voy vengando de todos los adelantamientos sufridos en el viaje de ida. Ya lo pagaré en la gasolinera, pienso.
Solo me ato en los avisos de control por radar, en la subida al Manzanal y a Pedrafita y luego, ya cerca de Lugo, cuando me enfrento a una de esas incómodas situaciones que se producen cuando uno tiene que adelantar a un coche de la Guardia Civil que circula a 120 kilómetros por hora. No voy a meter la pata cuando ya estoy terminando, así que me mantengo en el límite hasta que los guardias abandonan la autopista.
De vuelta a casa, compruebo que la rebaja de tiempo ha sido espectacular, una media de 120 por hora y me preparo para rascarme el bolsillo. Cuando el surtidor se para, no doy crédito. Coincide con lo que había llenado el mismo empleado el día anterior: «Siempre lo hago igual, lo lleno hasta el límite». No hay vuelta de hoja. El único lastre para el viaje de ida son nueve kilómetros. Compensado el desajuste, resulta que el viaje de vuelta me ha costado 1,88 euros más que el de ida. Un ahorro ínfimo a cambio de un retraso notable y un viaje insufrible.
En Castilla, las rectas facilitan la modorra a una velocidad anacrónica

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